Hace unos días, mientras revisaba publicaciones relacionadas con la reciente zafra en las redes sociales, encontré un comentario que llamó mi atención, pues ante los retrasos registrados durante la molienda, una persona aseguraba que las fallas se debían a que ahora hay mujeres trabajando dentro del ingenio azucarero y que ellas “no saben” o “no trabajan igual” que los hombres.
Más allá de tratarse de una opinión aislada en redes sociales, el comentario refleja una realidad del machismo que prevalece, que sigue presente en muchos sectores productivos: la resistencia a reconocer la capacidad de las mujeres cuando ocupan espacios que durante décadas estuvieron reservados exclusivamente para los hombres.
En la agroindustria azucarera de esta región, la incorporación de mujeres a puestos operativos es relativamente reciente, hace apenas algunos años comenzaron a abrirse oportunidades para que trabajaran en áreas donde históricamente sólo participaban hombres.
Sin embargo, las obreras que hoy laboran en la fábrica azucarera no llegaron por casualidad ni por que se les hizo un favor, ya que para entrar reciben capacitación, cumplen procesos de selección, acreditan competencias técnicas y enfrentan las mismas jornadas, exigencias y responsabilidades que cualquier obrero.
Las fallas mecánicas, los paros de fábrica, las averías en equipos o los retrasos en la molienda tienen causas técnicas perfectamente identificables, atribuirlas automáticamente a la presencia de mujeres no sólo es injusto, sino que evidencia un machismo profundamente arraigado.
Lo preocupante es que esta visión no se limita a la industria azucarera, se repite en el campo, en el transporte, en la construcción, en la política, en las empresas y hasta en las instituciones públicas.
Cuando un hombre se equivoca, se considera un error individual, cuando una mujer comete un error, todavía hay quienes lo convierten en una supuesta prueba de que no tienen la capacidad y deben ocuparse a las labores del hogar o a criar a los hijos.
La realidad muestra algo muy distinto, en México la participación económica femenina sigue siendo considerablemente menor que la masculina, mientras cerca de tres cuartas partes de los hombres forman parte de la fuerza laboral, la participación de las mujeres apenas ronda la mitad de la población femenina en edad de trabajar.
Además, persisten diferencias salariales y menores oportunidades de ascenso, aun cuando desempeñen funciones similares.
Organismos como ONU Mujeres han documentado que las mujeres continúan enfrentando discriminación laboral, obstáculos para acceder a empleos dignos y brechas salariales que limitan su desarrollo económico.
Asimismo, estudios recientes señalan que la brecha salarial en México se mantiene entre el 14 y el 20 por ciento, dependiendo del sector y la medición utilizada.
Paradójicamente, mientras muchas mujeres tienen mayores niveles educativos que generaciones anteriores, todavía deben demostrar una y otra vez que son capaces de realizar trabajos para los cuales ya están plenamente preparadas.
La discusión no debería centrarse en si una mujer puede operar maquinaria, supervisar procesos industriales, conducir un vehículo pesado o desempeñarse dentro de un ingenio azucarero.
La verdadera pregunta es por qué, en pleno 2026, todavía hay quienes creen que la capacidad depende del género.
Los comentarios que descalifican a las mujeres obreras no surgen de la experiencia técnica ni del conocimiento de los procesos industriales, surgen de una cultura machista que durante generaciones colocó a los hombres en los espacios de decisión y producción, mientras relegaba a las mujeres a funciones consideradas secundarias.
