Por Harold Meade
Expreso – La Razón
Mante, Tamaulipas.- Para muchas familias, el último adiós a un ser querido representa uno de los momentos más dolorosos de la vida.
Para Julio Flores Gutiérrez, en cambio, despedir a quienes han partido se ha convertido en parte de su cotidianidad, aunque reconoce que detrás de cada sepultura hay una historia, una familia y emociones que no siempre son fáciles de contener.
Responsable del panteón municipal número Uno de esta Ciudad, Julio lleva 19 años desempeñando el oficio de sepulturero, una labor que comenzó en 2007 y que heredó de su padre, Julio Flores Vigil, quien durante más de 40 años se dedicó a este mismo trabajo.
Recordó que, tras el fallecimiento de su padre, le quedó la plaza, por lo que decidió continuar con la tradición familiar de dar sepultura a quienes llegan a su última morada.
Sin embargo, reconoció que acostumbrarse a convivir diariamente con la muerte no significa perder la sensibilidad, pues, aunque el trabajo se vuelve parte de la rutina, hay despedidas que inevitablemente llegan al corazón.
Señaló que uno de los momentos más difíciles es sepultar a niños y jóvenes, especialmente cuando sus familiares los despiden entre música, mariachis y muestras de profundo dolor.
“Desde que uno empieza en esto, siempre es difícil. Cuando son niños, cuando traen música o mariachi, te gana la emoción y la nostalgia, porque uno no deja de ser humano”, expresó.
Explicó que, con el paso de los años, ha aprendido a manejar sus emociones y a familiarizarse con las tareas que implica su oficio, aunque nunca deja de reconocer el dolor de quienes pierden a un ser querido.
Recordó que en sus primeros años de trabajo le resultaba especialmente complicado sepultar a recién nacidos, niños de cinco o diez años y adolescentes de 15, pues la muerte no distingue edades y cada caso representa una experiencia distinta.
En casi dos décadas de servicio, Julio calcula haber realizado poco más de 2 mil 200 sepulturas. De esa cifra, alrededor de 750 corresponden al panteón municipal número Tres, donde trabajó en dos etapas: unas 500 en el primer tramo y aproximadamente 250 en el segundo. El resto, cerca de mil 500 sepulturas, las ha realizado en el panteón municipal número Uno.
Detalló que anualmente lleva a cabo entre 90 y cien inhumaciones en ambos cementerios, además de otras labores propias del mantenimiento y reparación de tumbas, actividades que también representan dificultades y esfuerzo físico.
A lo largo de su trayectoria ha dado sepultura a personas de distintos sectores de la sociedad, entre políticos, empresarios, comerciantes y ganaderos, una experiencia que le ha permitido comprender que, ante la muerte, no existen diferencias de posición económica, profesión o jerarquía.
“Cuando están vivos llegan diciendo que son esto o aquello, pero al rato aquí caen. Para todos es el mismo hoyo”, comentó, al reflexionar sobre la igualdad que representa la muerte para todos los seres humanos.
Aunque su oficio está relacionado directamente con el último capítulo de la vida de las personas, para Julio representa también el sustento de su familia y una herencia laboral que comenzó con su padre.
No obstante, considera poco probable que sus hijos continúen con esta tradición cuando llegue el momento de su jubilación, pues han estudiado y buscan abrirse camino en otras actividades y perspectivas profesionales.
Por ello, estima que con él podría terminar una historia familiar que durante varias décadas estuvo ligada a los panteones de El Mante.
Así, entre paladas de tierra, silencio, lágrimas y despedidas, Julio Flores Gutiérrez ha aprendido que su trabajo va más allá de abrir una tumba: es parte de ese último momento en el que una familia se despide de alguien a quien ama.
Una labor poco reconocida, pero necesaria, que realiza diariamente con la conciencia de que, aunque el tiempo lo haya acostumbrado a convivir con la muerte, nunca debe olvidar que detrás de cada sepultura hay seres humanos, recuerdos y un dolor que merece respeto.
