Siempre he creído que como sociedad y como medios de comunicación debemos proteger los derechos de las niñas y las mujeres, pero viendo todo lo que ha ocurrido alrededor del caso Dafne, vale la pena preguntarnos si realmente lo estamos haciendo.
Dafne tenía tan solo 13 años y su historia está marcada por dos hechos terribles: la investigación por su feminicidio y una denuncia anterior por presunto abuso sexual en la que fue señalado su padre.
Ambos casos deben investigarse y ambos merecen respuestas, pero eso no significa que toda la vida de Dafne tenga que terminar expuesta públicamente, como ha pasado en las últimas semanas, donde hemos conocido documentos, declaraciones, acusaciones y detalles que probablemente ella jamás imaginó que miles de personas terminarían leyendo y comentando y es ah donde algo no está bien, porque exigir justicia no significa tener derecho a saberlo todo.
Quienes estamos en los medios de comunicación o manejamos las redes sociales debemos reconocerlo; a veces, en esa carrera por informar primero, podemos olvidar que detrás de un expediente, de un citatorio o de una declaración había una niña de tan solo 13 años.
Que un documento o información por verídica que sea y llegue a nuestras manos no obliga a publicarlo completo, pues algo que genera miles de reacciones tampoco significa que va a ayudar a encontrar la verdad o darle la justicia a Dafne y por la que tanto hemos gritado y exigido.
Dafne ya no puede decidir qué quería contar y qué quería mantener en privado, por eso quienes seguimos hablando de ella tenemos una responsabilidad todavía mayor.
Todos queremos que se investigue su muerte, que se investigue también lo que pudo haber sufrido antes, que responda quién tenga que responder,
pero que la justicia no termine convirtiéndose en otra forma de vulnerarla, porque Dafne fue víctima, no un contenido y su dignidad no murió con ella.
