Hay noticias que nunca deberían dejar de doler, sin embargo, cuando los feminicidios comienzan a repetirse una y otra vez, el mayor riesgo es que la indignación se vuelva costumbre.
En las últimas semanas, el estado de Tamaulipas ha sido sacudido por casos que han estremecido a la sociedad, en ciudad Madero el feminicidio de la mantense Dafne Zapata Quintos una adolescente de apenas 13 años en un campamento de verano en una escuela militarizada y en Matamoros el caso de las hermanas gemelas Dinorah y Denisse García Cruz, son historias distintas, ocurridas en circunstancias diferentes, pero unidas por una misma tragedia: mujeres jóvenes cuya vida terminó de manera violenta.
Mientras las investigaciones avanzan y corresponde exclusivamente a las autoridades y a los tribunales determinar las responsabilidades de las personas imputadas, la sociedad vuelve a hacerse la misma pregunta de siempre: ¿qué está fallando para que las mujeres sigan siendo asesinadas?
Las cifras oficiales demuestran que el problema está lejos de resolverse, ya que de acuerdo con el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, durante los primeros meses de 2026 se han seguido registrando víctimas de feminicidio en todo el país y Tamaulipas mantiene casos investigados bajo este delito.
Detrás de cada estadística hay una historia, una familia rota y una mujer cuya vida terminó de manera violenta.
En Tamaulipas, la ley contempla penas que pueden alcanzar hasta 60 años de prisión para quien sea declarado culpable del delito de feminicidio, es una de las sanciones más severas del Código Penal, y así debe ser, porque arrebatar la vida de una mujer por razones de género representa una de las expresiones más crueles de violencia.
Pero ninguna condena devuelve una hija, una hermana o una madre, ninguna sentencia puede borrar el dolor de una familia que, de un día para otro, cambia los abrazos por fotografías y los proyectos por flores sobre una tumba.
Por eso, la discusión no debería limitarse al tamaño del castigo, también tendría que centrarse en la prevención. ¿Qué señales pasaron desapercibidas? ¿Qué instituciones fallaron? ¿Cuántas denuncias nunca llegaron? ¿Cuántas mujeres pidieron ayuda y no fueron escuchadas?¿Cuántas mujeres están desaparecidas y autoridades que no las buscan?.
Cada feminicidio representa un fracaso colectivo, fracasa quien agrede, fracasan las instituciones cuando no actúan a tiempo y muchas veces no imparte la justicia dejando a los feminicida en las calles y fracasamos como sociedad cuando normalizamos cualquier forma de violencia contra las mujeres.
Y hay otro problema que no puede ignorarse, algunos casos alcanzan gran atención mediática y mantienen la exigencia de justicia en la opinión pública, pero muchos otros ocurren lejos de los reflectores.
Son expedientes que avanzan lentamente, investigaciones que enfrentan deficiencias o nunca logran esclarecer completamente los hechos, dejando a las familias con más preguntas que respuestas.
La justicia no debería depender de la presión social ni de la viralidad de un caso; tendría que llegar con la misma fuerza para todas las víctimas, sin importar si sus nombres ocupan los titulares o permanecen en el anonimato.
El caso de Danna Yanina también recuerda otra obligación del sistema de justicia: actuar con absoluto apego a la ley.
Mientras la Fiscalía sostiene que existen elementos para procesarla por su presunta participación en el feminicidio de Dafne Zapata Quintos, su defensa ha impugnado la vinculación a proceso al denunciar presuntas irregularidades y violaciones al debido proceso, recursos que ahora serán revisados por instancias judiciales.
Ese contraste demuestra que la exigencia social de justicia nunca debe confundirse con la prisa por condenar, pues tan grave es que un feminicidio quede impune como que una persona sea condenada sin un proceso legal sólido y respetuoso de sus derechos.
Dafne, Dinorah y Denisse hoy tienen nombre y rostro, pero mañana podrían ser otras, porque el día en que matar a una mujer deje de sorprendernos, habremos perdido mucho más que la capacidad de indignarnos: habremos perdido una parte de nuestra humanidad y eso sería todavía más grave que cualquier estadística.
