La crisis cañera ya no se mide únicamente en toneladas cosechadas, en el Karbe alcanzado o en el precio del azúcar, hoy comienza a reflejarse en los negocios que venden menos, en los hoteles que esperan huéspedes que no llegan, en los transportistas con menos carga, en los restaurantes con mesas vacías y en las familias que posponen compras porque el dinero ya no alcanza.
Durante décadas, la agroindustria azucarera fue el principal motor económico de El Mante, cada zafra significaba empleo para miles de cortadores, operadores de maquinaria, fleteros, obreros y productores, además de una derrama que beneficiaba prácticamente a toda la ciudad.
Cuando el cañero cobraba sus alcances, el dinero circulaba de inmediato: se compraban vehículos, maquinaria, materiales para construcción, ropa, electrodomésticos, fertilizantes y herramientas; se remodelaban viviendas, se pagaban deudas y se abrían pequeños negocios, el campo impulsaba la economía urbana.
Hoy esa realidad enfrenta uno de sus momentos más difíciles, la caída del precio del azúcar, el aumento en los costos de producción, los fertilizantes, combustibles e insumos, además de los efectos acumulados de la sequía y la incertidumbre del mercado, han reducido de manera importante la rentabilidad del cultivo.
Productores y organizaciones cañeras advierten que los ingresos de esta zafra serán considerablemente menores, una situación que en El Mante representará alrededor de 700 millones de pesos menos circulando en la economía local.
Sin embargo, el mayor error sería pensar que el problema termina en los límites de una parcela, cada peso que deja de ingresar al productor deja también de circular en el comercio.
Ese dinero que antes llegaba a cientos de negocios locales y cadenas foráneas comienza a desaparecer del mercado, la consecuencia es inmediata: disminuyen las ventas y la economía se desacelera.
La historia económica de El Mante demuestra que el campo nunca ha estado aislado de la ciudad, al contrario, durante décadas ambos crecieron de la mano, por eso, cuando la agroindustria pierde dinamismo, los efectos alcanzan incluso a quienes jamás han sembrado una hectárea de caña.
No resulta casual que comerciantes de distintos giros reporten menores ventas o que hayan cerrado definitivamente sus puertas.
La economía funciona como una cadena, basta con que uno de sus principales eslabones se debilite para que todo el sistema resienta las consecuencias.
Hay otro fenómeno que merece atención, cada vez más parcelas cañeras cambian de uso, algunas son vendidas para desarrollos habitacionales y otras dejan de sembrarse porque las nuevas generaciones ya no encuentran atractivo continuar una actividad que exige mayores inversiones y ofrece menores ganancias.
El crecimiento urbano avanza sobre tierras agrícolas mientras el relevo generacional acelera un proceso que parecía lejano.
No sólo se pierde superficie cultivable, también desaparecen empleos, disminuye la demanda de transporte, baja la contratación de maquinaria, cae el consumo de insumos y se debilita una cadena económica construida durante generaciones.
La gran pregunta entonces no es cuánto dejará de ganar el productor, la verdadera interrogante es quién absorberá el costo de esta crisis.
Lo pagará el comerciante que venderá menos; el hotel que registrará menor ocupación; el restaurantero que verá disminuir sus clientes; el transportista que realizará menos viajes; el trabajador que enfrentará menos oportunidades de empleo y el joven que volverá a mirar hacia otras ciudades porque aquí las oportunidades empiezan a reducirse.
El Mante no puede darse el lujo de observar esta crisis como si fuera un problema exclusivo del campo, la agroindustria azucarera sigue siendo el corazón económico de la región y cuando ese corazón late con menos fuerza, todo el organismo comienza a resentirlo.
Por supuesto, es indispensable buscar mecanismos que permitan mejorar la rentabilidad del cultivo, fortalecer a los productores y hacer más competitiva a la industria.
Pero también resulta urgente impulsar nuevas actividades económicas que reduzcan la enorme dependencia que el municipio mantiene de la caña. Diversificar ya no debe ser sólo un discurso; tiene que convertirse en una estrategia.
Porque el verdadero riesgo no es únicamente que el precio del azúcar continúe cayendo, el verdadero peligro es acostumbrarnos a ver cómo el principal motor económico de El Mante pierde fuerza sin construir otro que lo sustituya.
