Por Harold Meade
Expreso – La Razón
Tamaulipas.- Desde las primeras horas de este lunes 2 de noviembre, los panteones de Ciudad Mante comenzaron a cobrar vida.
El silencio habitual de sus pasillos quedó interrumpido por el murmullo de las familias, el ir y venir de cubetas con agua, el sonido de las escobas sobre las hojas secas y, sobre todo, por los recuerdos de quienes ya no están, pero siguen ocupando un lugar especial en el corazón de sus seres queridos.
Entre flores de cempasúchil, coronas, veladoras y oraciones, miles de familias de El Mante y municipios de la región acudieron a los cementerios municipales y privados para visitar las tumbas de sus fieles difuntos, en una jornada marcada por la nostalgia, la tradición y las muestras de cariño.
Uno de los puntos de mayor afluencia fue el Panteón Municipal Número Dos, considerado el de mayor extensión en el municipio, con más de seis hectáreas de superficie.
Desde temprano, sus instalaciones comenzaron a recibir a abuelos, padres, hijos y nietos que llegaron dispuestos a dedicar buena parte del día a sus seres queridos.
El aroma intenso del cempasúchil, acompañado por el terciopelo morado y las distintas variedades de flores propias de la temporada, se mezclaba con el olor a tierra húmeda y jabón. Las tumbas, muchas de ellas olvidadas durante buena parte del año, comenzaron a transformarse con arreglos florales, coronas y pequeños altares improvisados.
Antes de colocar las flores, numerosas familias se dieron a la tarea de limpiar las sepulturas.
Con cubetas, jergas, escobas y jabón lavaron las losas de granito y cemento, retiraron la hierba que había crecido con el paso de los meses y quitaron el polvo que cubría los nombres grabados en las lápidas.
Algunos realizaron estas labores por cuenta propia, mientras que otros solicitaron el apoyo de trabajadores eventuales dedicados a la limpieza de tumbas, quienes encontraron en esta fecha una oportunidad para obtener ingresos.
Pero la visita no se limitó a limpiar y adornar las sepulturas.
Para muchas familias, permanecer junto a sus difuntos durante varias horas fue una manera de acortar, aunque fuera simbólicamente, la distancia que impone la ausencia.
Hubo quienes llevaron alimentos, compartieron anécdotas y recordaron momentos vividos; otros prefirieron elevar una oración o encender una veladora.
También estuvieron quienes decidieron llevar música, contratando grupos de mariachi o personas con guitarra para interpretar aquellas canciones que en vida fueron del agrado de sus familiares.
Así, entre lágrimas discretas, sonrisas al recordar y conversaciones que parecían dirigidas a quienes descansan bajo tierra, transcurrió una nueva celebración del Día de Muertos, una tradición que cada año reúne a generaciones enteras alrededor de la memoria familiar.
A las afueras de los cementerios, la actividad también se hizo sentir.
Los comerciantes aprovecharon la importante afluencia de visitantes para ofrecer flores, coronas, arreglos, frituras, raspas y diversos productos, registrando un movimiento comercial que representa una importante oportunidad de ingresos para numerosas familias.
Conforme avanzaron las horas, los panteones continuaron recibiendo visitantes.
Las flores fueron cubriendo las tumbas y las veladoras comenzaron a encenderse, creando una estampa que se repite cada año, pero que nunca pierde su significado.
Porque el 2 de noviembre no es solamente una fecha para visitar un cementerio. Es el día en que los recuerdos regresan con mayor fuerza, en que las familias se reúnen alrededor de una ausencia y en que las flores, la música y las oraciones se convierten en un lenguaje para expresar aquello que ni siquiera la muerte ha podido borrar: el amor por quienes se adelantaron en el camino.
