Las lluvias que han caído en los últimos días sobre la región cañera y la zona temporalera de El Mante han sido recibidas como una bendición.
Después de años marcados por la sequía, presas vacías, ranchos ganaderos secos y cosechas inciertas, ver correr nuevamente el agua por ríos, arroyos y canales devuelve el ánimo a miles de productores que dependen del campo para subsistir.
Ganaderos y agricultores ven en estas precipitaciones la posibilidad de recuperar parte de lo perdido.
Los pastizales comienzan a reverdecer, los abrevaderos vuelven a captar agua y existe la esperanza de que el próximo ciclo agrícola pueda desarrollarse en mejores condiciones y, para muchos productores, la lluvia representa algo más que agua, representa tiempo, oportunidad y esperanza.
Sin embargo, sería un error pensar que la crisis del campo ha terminado, pues la llegada de las lluvias ayuda, pero no resuelve en un instante los problemas acumulados durante años de sequía.
Miles de cabezas de ganado desaparecieron por la falta de lluvia, productores se descapitalizaron, muchos vendieron animales a precios de remate y otros simplemente abandonaron la actividad y lo mismo pasó en la agricultura, que muchos vendieron sus tierras y otros aun quieren seguir apostando, pero se han descapitalizado.
La realidad es que el sector agropecuario llega a esta temporada de lluvias profundamente debilitado.
Hay quienes tienen tierra, pero no recursos para sembrarla, otros productores cuentan con potreros húmedos, pero carecen del capital necesario para repoblar sus hatos.
La falta de financiamiento, apoyos oportunos y programas de impulso productivo del gobierno sigue siendo una de las principales limitantes.
A ello se suman amenazas como la plaga del gusano barrenador, que mantiene preocupados a los ganaderos y, ahora, a los productores cañeros.
Las lluvias también trajeron especies invasoras como el pez diablo, que avanzan en cuerpos de agua de la región afectando la actividad pesquera. Son problemas que no desaparecen con una temporada favorable de lluvias.
Por eso, aunque hoy el campo respira, todavía está lejos de salvarse, la recuperación requerirá mucho más que un buen temporal, harán falta inversiones, infraestructura hidráulica, créditos accesibles y políticas públicas que permitan a los productores reconstruir lo que la sequía les arrebató.
La buena noticia es que la naturaleza está dando una oportunidad, la mala es que esa oportunidad podría desperdiciarse si no existe una estrategia clara para fortalecer al sector rural. El agua ha llegado y ahora falta que lleguen también las soluciones.
El campo en El Mante y la región temporalera no pide milagros, lo que reclama son apoyos de gobierno y créditos blandos que les den condiciones para volver a producir, crecer y convertirse nuevamente en el motor económico que durante décadas ha sostenido a miles de familias.
