Antaño, para ser candidato a un cargo público ocupabas la famosa palanca: un amigo, el billete, un compadre, un socio de negocios que, encumbrado desde la cúpula, aún cuando todo el mundo lo supiese, decidiera democráticamente, y después por aclamación, quién se quedaría con tan distinguido negocio, perdón, con tan distinguida curul o alcaldía.
Desde ahí todo se llevaba en armonía. Y en el agua turbia donde se movía, la gente aplaudia. Las señoras lloraban de alegría- quien sabe si de tristeza, por la nueva administración que se venía encima abarcándolo todo. Los alcaldes se llevaban con madres con los diputados que ni siquiera hojeaban las cuentas públicas o las privadas de esos fulanos, quienes con lujosas mansiones sólo deseaban no caer en aquello de que “un político pobre es un pobre político”.
Para ser candidato a cualquier puesto de elección popular bastaba un dedo, que alguien como Fidel Velazquez lo destapara- aunque el viejo líder dijera que él lo único que destapaba eran las coronitas; uno lo conoció ya con 30 años en la CTM, sabiendo que para ser presidente de la República se le tenía que consultar, y esto prevaleció durante los más de 70 años del PRI.
Y claro, la clase política podía ser postulada por la oposición y nadie decía nada. La prensa hacía el sarcasmo de la democracia, como el buen Eustolio Hernández , el gran “tolo” ya finado, maestro del sarcasmo.
Algunos políticos trataban de llamar la atención barriendo calles para la foto y portando la escoba de tiempos electorales, otro a caballo por la de Hidalgo y muchos a quienes ser víctimas del fuego amigo los dio a conocer. Y sin embargo quien se movía no salía en la fotografía. Fotografía que al revisarla años después mostraba al que había hecho transa, al desconocido que fue un oscuro diputado y otros cuyos nombres nadie recuerda.
Mientras los pre candidatos timados por los sopla nucas de moda, apagafuegos, sabelotodo, por enviados del centro para la colecta, otros emergian de las sombras destapados por Don Fidel, por el cañonazo de los 50 mil varos, y todos los demás a la cargada. Nadie se orinaba afuera de la taza.
Cualquiera, como lo demuestra la historia, podía ser candidato durante la consulta al bolsillo. Primero era la gira de la famosa auscultación donde se podía percibir el ánimo en contra de quien desde arriba se había decidido. Al final todo se resolvía con la llamada operación cicatriz.
Tiempos en los cuales el PRI ponía a los candidatos de enfrente ya arreglados y entonces no había necesidad de andar preguntando nada. Cada quien su cuota y brincando en una pata. La supuesta izquierda de entonces ingresaba a la cámara a simular una desaveniencia inexistente. Nadie vivía en el error, entonces los diputados de izquierda que siempre fueron pluris fueron más papistas que el Papa. Y nadie les creía, claro.
Por el contrario si la negociación y la simulación lo permitían, el candidato favorito no iba por el PRI sino en contra y curiosamente ganaba, pues el PRI postulaba a un candidato a modo. Todo ello en el entendimiento y la concertacesión. Había premios de consolación y en otro predio se instalaba la venta de gorditas y en seguida la venta de curules y era una fiesta democrática comoquiera.
Ocupa un espacio en esta historia el hecho de que estando amarrado un candidato podía perder misteriosamente. Algo se movía en el conteo y del silencio cómplice pasaban a la cruel voltereta: es que te faltó humildad, decían algunos, otros aprovechaban el mínimo error en campaña para echarse al candidato. “Perdiste porque te faltó billete menso” , le decían: “Perdiste porque chocaste we” .
Los elegidos de los dioses, eran predecibles. Desde antes se sabía que serían diputados locales, luego diputados federales, senadores, alcaldes y entre ellos estaba el juego que sucedería al compadre, aun cuando este fuese un vulgar ignorante. Y pasaron los años y uno se hizo más grande. Claro, nosotros los de entonces ya no somos los mismos. Creo.
HASTA PRONTO
