Durante décadas se habló del campo como el motor económico de regiones como El Mante: Hoy esa frase sobrevive más por costumbre que por realidad.
El campo sigue produciendo, sí, pero lo hace con menos rentabilidad, más incertidumbre y cada vez con menos personas dispuestas a quedarse en él y con más mujeres trabajando la tierra, porque los jóvenes y adultos, la fuerza trabajadora tuvo que migrar en busca de mejores condiciones de vida.
Lo más preocupante no es que la agricultura enfrente una crisis, estas van y vienen, lo realmente grave es que las políticas públicas parecen seguir diseñadas para un campo que dejó de existir hace muchos años.
El productor de hoy ya no pelea únicamente contra la sequía o las lluvias, ahora compite con importaciones, con costos de producción que se disparan cada ciclo, con créditos inaccesibles, con el cambio climático que cada vez afecta más, con mercados volátiles y con una burocracia que tarda más en responder que una temporada agrícola completa.
Mientras tanto, las soluciones de los gobiernos siguen siendo prácticamente las mismas: anuncios, programas temporales, reuniones, promesas de apoyos y discursos que hablan de fortalecer al campo sin modificar las condiciones que lo mantienen estancado.
Cambian los nombres de las estrategias, cambian los funcionarios y cambian los gobiernos, pero la realidad del productor permanece casi intacta.
En la región cañera de El Mante sobran ejemplos; La última zafra dejó pérdidas importantes por caña que no pudo industrializarse, millones de pesos dejaron de circular en la economía regional, en la zona temporalera quedarse sin precio de garantía para sus cosechas, luchar con sequías extensas y que cuando llegan las lluvias ya están desfasadas en los ciclos agricolas.
A ello se suma la reducción de las exportaciones de azúcar hacia Estados Unidos, la competencia de los edulcorantes sustitutos, el incremento constante en fertilizantes, combustibles y mano de obra, así como un mercado que cada año ofrece menos certezas para quien vive de sembrar.
En la zona temporalera la situación tampoco ofrece mejores noticias; Alrededor de 700 productores permanecen en cartera vencida y, al no tener acceso a financiamiento, muchos apenas logran sembrar con recursos propios o simplemente dejan descansar la tierra porque producir representa un riesgo económico demasiado alto y quienes más necesitan crédito son precisamente quienes ya no pueden obtenerlo.
Se habla de soberanía alimentaria mientras miles de productores sobreviven sin herramientas para competir; Se pide aumentar la producción, pero se reduce la capacidad financiera de quienes tienen que hacerla posible.
Se insiste en rescatar al campo, pero no se construyen las condiciones para que vuelva a ser rentable, los campesinos siguen sumidos en las deudas, en el desaliento que los obliga a rentar sus tierras, cansados de esperar los créditos y apoyos de los gobiernos.
El campo ya cambió, hoy necesita tecnología, financiamiento flexible, seguros agrícolas que realmente funcionen, infraestructura hidráulica moderna, investigación aplicada, asistencia técnica permanente y políticas comerciales que den certidumbre.
Necesita reglas claras, no programas que cambian cada sexenio ni decisiones sujetas a intereses políticos de corto plazo.
También cambió la gente, pues los hijos de muchos agricultores ya no quieren quedarse en las parcelas, no porque desprecien la tierra donde crecieron, sino porque aprendieron que trabajarla ya no garantiza una vida digna.
Prefieren migrar, estudiar otra profesión o buscar empleo en las ciudades antes que heredar una actividad donde el esfuerzo pocas veces se refleja en el ingreso.
El problema ya no consiste únicamente en producir alimentos, también está en garantizar el relevo generacional.
Si los jóvenes siguen alejándose de la actividad agrícola, dentro de algunos años no bastará con ofrecer subsidios para convencerlos de regresar, nadie vuelve a un sector donde observa que sus padres trabajaron toda la vida sin lograr estabilidad económica.
Y mientras eso ocurre, las decisiones siguen tomándose lejos de los surcos; se legisla desde escritorios donde pocas veces se entiende que una lluvia fuera de tiempo, una plaga, una helada o una caída en el precio internacional pueden borrar en semanas el trabajo de todo un año.
Quizá la mayor deuda no sea económica, sino política, porque durante años se administró la crisis en lugar de resolverla.
